No recuerdo muy bien la primera vez que mi viejo me llevó a la cancha. Por los relatos sé que era muy chica, que ir a la cancha era habitual. Entrabamos por maratón. Mi papá compraba las entradas en la boletería cuando llegábamos. Subíamos una escalera que a mi edad era eterna. Puerta 13, no habían butacas, solamente un tablón largo y gastado. Cuando hacía frío mi mamá llevaba cojines para que no nos resfriáramos. Unos institucionales; tela brillante, azules, con leyendas estampadas como “más que una pasión”.

A veces comprábamos banderas. Con mi hermano nos gustaba mirar a la barra y pararnos en el tablón a saltar como ellos. No conocíamos de memoria los temas, éramos chicos, pero cuando escuchábamos “que se paren los azules” sabíamos lo que venía. Para que decir cuando escuchábamos el “sale León”. Había papel picado, y lo guardábamos sagradamente entre las manos esperando la señal que indicara que era hora de lanzarlo, y ahí saltaba el equipo a la cancha.

Los jugadores se acercaban y con las manos sobre la cabeza aplaudían a esas miles de personas que en frenesí no paraban de cantar y recibirlos, recibirlos a ellos, que representaban al club de sus amores. Recuerdo cosas triviales, como que en el entretiempo mi papá nos compraba un jamón palta, y que algunas veces no vi los goles porque estaba perdida mirando a la barra. Nos íbamos antes. Cuando faltaban 5 para el final nos preparábamos para salir. Ninguno quería irse, pero teníamos 6 y 3 años, y mi papá pensaba que era lo mejor. Recuerdo muchísimas veces ir bajando la escalera y escuchar como la estructura de un momento a otro se remecía con un grito de gol. Volvíamos corriendo a ver. Ya era tarde, pero la alegría nos inundaba. A veces, después de volver a bajar, volvíamos a escuchar otro grito de gol, y recuerdo la cara de mi viejo sonriendo; lo habíamos dado vuelta en el agregado. Sé que siempre lo hizo por protegernos; hoy sé que a mi edad eso sería abandonar.

Siempre vivimos ligados a la U. No como una familia de barra, pero sí de colores y hubo algo que me marcó. Un día en la casa, de intrusa, de niña, abrí un cajón. Había muchos diarios, los saqué. Mi mamá me vio y le pregunté porqué guardábamos diarios viejos; ella me explicó. Eran los diarios que mi viejo había guardado por años después de que la U volvió a primera y otros de cuando la U campeonó después de 25 años de espera. En ese momento no lo entendí, pero ahora sí.

Así nos fuimos enamorando de la U, con pequeñas cositas, de la mística de un club que responde al apodo de “los leones” porque eso somos, un club que siempre ha sido criticado por ser “hincha de su hinchada”, pero que no nos importa porque lo que los demás no entienden es que esa gente representa el espíritu del club que amamos.

Para la mayoría de la gente este club y su historia ha sido parte de su propia historia, y es por eso que cuando vemos que nos lo arrebatan es cuando más recalcamos que la U somos todos. La U para esta gente es amor. Es la razón de vivir, es lo que muchos esperan toda la semana, que llegue el domingo para reencontrarse por fin con este romance infinito que no entiende de condiciones, porque de chiquititos nos enseñaron que si no se sufre no es la U.

Porque la gente sabe que nunca nada nos ha sido fácil y que por lo mismo lo que nos diferencia es amar a nuestro club sin importar triunfos o derrotas, porque sabemos que apenas entramos a ese lugar sagrado la única tarea es romper la voz sin esperar nada a cambio, porque lo único que nos mueve es ver a nuestro club una vez más.

Amamos a la U porque es la U. Nos entrega alegrías, también tristezas, nos ha enseñado sobre incondicionalidad, me entregó amigos, camaradas, los abrazos más sensatos que he recibido producto de un gol, me dio la posibilidad de verme a mí misma en los hijos de ellos que hoy van acercándose al club tal como lo hice una vez. Me ha enseñado que para que la vida tenga un sentido, debe movernos una pasión.

Digan que somos imbéciles, descerebrados, desocupados, digan que somos irracionales, digan lo que quieran, pero nuestra pasión, lo que nos mueve en esta vida, es ver a nuestro club salir a la cancha por 90 minutos, a nuestro club representado por muchos cientos de jugadores que han defendido estos colores a lo largo de la historia, haciéndonos olvidar todo lo demás.

Que digan que estuvimos en la B, que nos costó 25 años salir campeón, que no tenemos estadio, que digan lo que quieran, porque únicamente nosotros sabemos que estas cosas sólo han hecho que el amor sea más grande y más fuerte.

A estas alturas solamente queda agradecerle a la vida por habernos hecho azules, por habernos permitido conocer esta loca clase de amor, por la mística, por la historia, por ser un club humilde, por diferenciarnos de los demás en tantas cosas. A los camaradas, por hacer todas las cosas que hacen por esta institución, por gastar hasta sus últimos pesitos para estar ahí y llevar la fiesta a esa galería. A mi viejo, porque inconscientemente y sin saberlo nos enseñó una de las cosas más bonitas que conocemos.

No creo que haya palabras suficientes para expresar lo que significa la U para la mayoría de la gente, pero sé que no necesito encontrarlas, porque hay millones de corazones que lo entienden y lo sienten cada vez que la ansiedad se apodera de los cuerpos a segundos de ver a nuestro amado bulla otra vez.

Felices 89 años a nuestra amada Universidad de Chile 💙. Solamente pido que no nos faltes nunca.

Por Valentina Utreras.